
Como estudiante de administración de empresas de la
Universidad de los Andes Claudia Rodríguez no fue la excepción. Incluso antes
de graduarse logró 'engancharse' en una firma de consultoría, la meta de muchos
de sus compañeros, y tener una muy buena remuneración a pesar de ser tan joven.
Sin embargo no se sentía totalmente satisfecha: "Vivía en un mundo exitoso
y perfecto pero cuando salía del trabajo me encontraba con la realidad de las
calles, de las noticias, del país". Por eso un día decidió convertirse en
voluntaria del Museo Nacional, donde los sábados colaboraba en actividades
educativas. "Fue entonces cuando me di cuenta de que la satisfacción con
este trabajo era más duradera y me entró la crisis". Tanto fue así que
renunció a la empresa, algo que para muchos de sus amigos era una locura. Para
ellos era como botar cinco años de estudios a la basura.
¿Trabajar por otros? Y ¿quién trabaja por uno? Es
la idea que se tiene, pero, por el contrario, Claudia tuvo suerte y hoy hace
dos de las cosas que más le gustan: está empleada en una fundación sin ánimo de
lucro, en la que realiza una labor social, y se desempeña como consultora.
Además recibe un buen sueldo. Se trata de Compartamos con Colombia, una
corporación encargada de brindarles apoyo a otras organizaciones del tercer
sector para que sean más eficientes y puedan llevar a cabo diversos proyectos
sociales. La entidad cuenta con el respaldo de 18 firmas de servicios
profesionales, las cuales prestan sus conocimientos y tiempo de su personal
(abogados y financieros) para asesorar a las fundaciones. "Sacar adelante
estas instituciones requiere muchos esfuerzos conjuntos, por lo cual es mucho
lo que se aprende. Otra de las ventajas es que hay un mejor ambiente de
trabajo, siempre se realizan actividades diferentes, dependiendo de las
instituciones, y no hay monotonía", explica Claudia.
De esta manera se derrumba el mito de que en el
tercer sector no hay retos porque no se necesita estar capacitado y que las
labores suelen ser limitadas, como dar almuerzos a niños de escasos recursos o
donar dinero. En realidad es todo lo contrario: no sólo se necesita personal
que trabaje directamente en la labor social sino también en las áreas
operativas que soportan a las organizaciones. "El sector se está
profesionalizando cada vez más, es decir, entra a competir por profesionales
capacitados que pongan sus conocimientos al servicio de los demás", afirma
Luis Gallo, director ejecutivo de Compartamos.

Aunque sin duda trabajar en el tercer sector
es una opción profesional el tema de la remuneración es para muchos la piedra
en el zapato. Quienes se dedican a este tipo de instituciones coinciden en
advertir que en la mayoría de los casos no son muchas las ganancias económicas
que genera. Sin embargo se pueden alternar los empleos que traigan beneficios
monetarios con el trabajo en el sector social en el tiempo disponible. Sin duda
es una buena opción para personas pensionadas que quieran seguir activas. El
voluntariado es otra de las posibilidades. Dividendo, una fundación sin ánimo de
lucro, recibe el apoyo de 70 empresas multinacionales y nacionales. Los
empleados de éstas han realizado trabajos voluntarios que van desde alfabetizar
hasta sembrar árboles. Además se comprometen a donar una pequeña parte de su
salario para proyectos sociales. Dividendo canaliza estos aportes.
"En países como Colombia la solución de la problemática social no puede dejarse solamente en manos del Estado", explica María del Rosario Sintes, ex ministra de Agricultura y Comunicaciones y actual directora ejecutiva de la fundación. Esta perspectiva la han comprendido países como Holanda, donde el 12,4 por ciento de la población trabaja en el tercer sector. En Estados Unidos lo hacen más del 8 por ciento y casi el 56 por ciento trabajan como voluntarios. Además, según la firma Standard & Poor's, entre 1990 y 1995 este tipo de trabajo creció cuatro veces más rápido que el total de empleo en el mundo. De acuerdo con las últimas estimaciones con las que se cuenta en Colombia el peso del sector es del 2,38 por ciento. Sin embargo más de 120.000 ONG y fundaciones sin ánimo de lucro del país son la prueba de que algo está cambiando